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Matriz
Luis Barragán 28.01.01 11:55 p.m. “Arquitecto aterrado de los que hacían
El auge residencial Las transformaciones de la capital hablan de las distintas bonanzas petroleras experimentadas. Una de ellas, en los años setenta, provocó la acelerada construcción de complejos residenciales cuando pocos tenían noticia de la existencia de una rudimentaria Ley de Propiedad Horizontal, acostumbrados al estable inquilinato en los edificios de apartamientos. Variadas urbanizaciones surgían como emblemas de un irresistible ascenso social, incluyendo las campestres -también amenazadas por barriadas en sus costados- para aquellos que no podían vacacionar largamente en el norte.
Una muestra al azar da importantes pistas si consideramos los niveles del salario real y nominal de entonces, autorizado el ahorro por un tiempo razonable para hacerse seguro propietario. Un apartamento en la California Norte, 2 habitaciones, Bs. 5.000 de inicial, u otro de lujo, en La Boyera, 4 habitaciones, cocina equipada, Bs. 15.000 de inicial y mensualidades de Bs. 898 (El Nacional, 05/01/74); una casa en Santa Paula de 5 habitaciones, por Bs. 350.000 (06/01/74), mientras en la esquina de Monroy el apartamento de 2 habitaciones llegaba a Bs. 77.500 con inicial de Bs. 11.500 cancelando mensualidades en 12 años por el orden de Bs. 732 y los restantes 8 por Bs. 492 (12/01/74).
Auge residencial que no llegó a todos, anunciado por una obra audaz que
ayudó a sanear El Conde, como no pudo hacerlo el parque minimalista de
diversión que la precedió. No obstante, los apartamentos fueron hechos
para una sociedad de consumo, pues la simplicidad de sus dependencias de
servicio advirtieron el fácil desecho y la deseable reposición de comestibles,
enseres y atuendos, como el empleo de la secadora y la lavadora con una
baja tarifa eléctrica. Vale decir, Parque Central como precursor del espejismo petrolero: la estrechez de baños, closets y cocina no permiten el
almacenamiento de insumos, considerado el exceso de la prole, amén de la
nostálgica ambientación de la hotelería de cinco estrellas.
Una vez fueron la Calle Real de Sabana Grande, las más plebeyas de Catia y el distante casco de Chacao, promesas de compra o entretenimiento. Ciudad de magnitudes aceptables y amables que atraía a las familias interioranas, preservado un cierto sentido de comunidad en la irresistible transición populista de los cincuenta y sesenta. La acelerada construcción y desinhibida serialización de los CC, precisamente nos remite al bulevar que garantiza la vivencia inédita del anonimato; concebido el centro comercial de hoy como un bulevar bajo techo, según dijera Gustavo Valle. No se trata de las desoladas plazas públicas de bancos prestos a hospedar a los mendigos, escenario de las correrías infantiles, el moderado ciclismo, los tropiezos del patinaje, las sillas de extensión del estudiantado, el amor platónico, sin obligación de consumo, pues, los CC constituyen una suerte de “ciudad ideal con espíritu de pasarela”, correlato del videoclip y el zapping en la construcción de un “campo visual a partir del parpadeo” que recoge la “necesidad de cambio como principio narcótico”. Un ambiente descontaminado, seguro y confortable es el compromiso esencial del CC, palacio de la comida rápida, la ropa de marca y las salas de cine con su más reciente tecnología. El hacinamiento sabatino y dominical contribuye a la otra subcultura del espejismo. El CC aparece también sobre la tumba de viejas edificaciones, a veces veneradas por su antigüedad y diseño en una ciudad que se hace todos los días, siendo capaz de destruir la Plaza de La Concordia hecha de nobles materiales, preñada de significación histórica, para reemplazarla por la grotesca fealdad de un estacionamiento subterráneo coronado por un simulacro artístico, cita obligada de delincuentes. Ha sido fácil pedir que no destruyesen el edificio Galipán o el Hotel Avila, sin que reclamemos determinadas reglas y criterios para la preservación de las edificaciones valiosas, incluyendo los recursos para que el Estado las afecte: al parecer, el autoritarismo político no tiene equivalentes en otros campos, aunque lo necesario es un distinto, compartido y bien asentado dispositivo legal que diga más de autoridad que de autoritarismo. La colmena comercial (CCCC) Caracas parece destinada a ser un cementerio de centros comerciales a juzgar por el poder adquisitivo de sus habitantes y el propio agotamiento de un modelo de desarrollo avalado por la renta. Habrá estudios de mercado que saluden la inversión en el local de un CC, prontamente desvanecidos en razón de nuestra capacidad real de consumo. Una demostración empírica la encontramos en las experiencias comerciales fallidas que se traducen en los cada vez más numerosos locales vacíos en centros inaugurados y festejados en tiempos recientes, como la creciente cantidad de personas que simplemente los pasean. Sentimos que, esta vez, La especulación urbana toma otro camino, porque no hay “mejor negocio” que dividir un local de medianas dimensiones sobre todo para la venta de jugos y frituras, celulares y loterías u otros productos y servicios y esto, descubierto por los pequeños rentistas, se ha trasladado al terreno de las grandes inversiones: la apresurada construcción de sendos CC sembrados de innumerables minitiendas que, al depender de su ubicación en la urdimbre, pueden agigantar sus ventas o fracasar estrepitosamente. ![]() La masiva construcción de CC de tiendas y minitiendas, la inevitable jerarquía y sucesión que impone la moda, la elevación de las cuotas de condominio para mantenerlos en competencia, así como el abusivo alquiler de sus pasillos, también contribuyen a su inviabilidad, salvo la conversión en referentes comunitarios que atentarían contra las expectativas originales del negocio. El oleaje residencial de los setenta que jamás resolvió el problema de la vivienda en Venezuela, ha brindado sus aguas a otro en la misma ensenada especulativa: la colmena comercial también es un tributo a la recurrente ilusión de prosperidad que nos aqueja, probables videoclip y zapping existenciales. Creemos adivinar a Caracas como un extenso cementerio de centros comerciales (CCCC), mildiferida la ganancia expedita de propietarios e inquilinos. Posiblemente solitarios, reminiscentes de viejos bullicios, tendrán como destino las iglesias protestantes, las oficinas de la administración pública, los liceos y escuelas huérfanos de sedes más cómodas y decentes. La desconcentración industrial de la ciudad impide un diferente posicionamiento, pero no extrañaría los grandes almacenamientos de tela,
la cohetería decembrina u otros que abaratan los costos al burlar los consejos bomberiles. Caracas en La BitBlioteca email:luisbarragan@hotmail.com
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